6 de octubre de 1976, la justicia demorada. #TerrorismoVsCuba #TenemosMemoria

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 Por Félix Edmundo Díaz @feddefe*

Hoy es un día terrible, como los han sido todos los días seis del mes diez a partir de ese fatídico año; recién había cumplido los 14 y hoy recién estoy en mis 53 años, mas el tiempo transcurrido no ha logrado borrar de mi memoria la imagen de los tres mil alumnos que éramos entonces, sentados en el polígono, mientras el frío sudor que corría por nuestros cuerpos acompañaba las palabras de un Fidel que, en una cadencia desacostumbrada, se dolía y nos dolía en la narración del horrendo crimen.

En estos 39 años, que habrán parecido siglos para los padres que perdieron sus hijos y para los hijos que crecieron con la ausencia de una madre o un padre, se han escrito millones de líneas para recordar los lauros de ese joven equipo de esgrima y sus técnicos, o reseñar las pericia y experiencias de los pilotos, aeromozas y sobrecargos, o mencionar a los guyaneses y los coreanos que abordaron en Barbados el vuelo CU-455, y, también, para denunciar al gobierno de Estados Unidos y a la CIA, quienes entrenaron y protegieron a Orlando Bosch Ávila y a Luis Posada Carriles, autores intelectuales del sabotaje.

El primero de ellos, gracias a Dios como dicen los creyentes, ya no nos perturba con su rostro de sodomita arrepentido y ojalá (quiera Alá) se esté revolcando en su tumba por el asco que le provoca a los gusanos; el segundo, aún vive, gracias no a Dios o a la providencia, sino al elevadísimo sentido de justicia y humanidad de Fidel y la Revolución, porque nadie debe dudar que Luis Posada Carriles, Gaspar Eugenio Jiménez Escobedo, Pedro Remón Rodríguez y Guillermo Novo Sampoll respiran gracias a Fidel… los cuatro terroristas mencionados hubieran amanecido, en cualquier callejón de Ciudad de Panamá, un día de noviembre de 2000, con un disparo en la frente y la boca llena de hormigas… o no hubieran aparecido nunca.

Pero una vez más el sentido de la justicia trató de imperar tras la denuncia, la detención y enjuiciamiento de estos asesinos, hasta que la reputísima de la Moscoso los indultó, haciéndose cómplice de la maquinaria del terror made in USA.

Por desgracia, mi poder no va más allá de estas líneas que alcanzarán a unos pocos. A esos les haré una confesión: cuando una persona arriba a mi edad, con los miles de defectos que me acompañan, puede llegar a la conclusión de que Luis Posada Carriles estaría mejor a cuatro metros bajo tierra, y si el dedo que jalase el gatillo hubiera sido el de su servidor, el honor sería entero, aunque fuera el último gesto en la vida.

No es que crea en la justicia por su mano, pero indudablemente, a veces, una mano ayuda a hacerla, tampoco quiero estimular a que alguien haga lo que me está impedido hacer, pero si ello sucediera contará con mis respetos hasta el fin de mis días y creo que, también, con el de los familiares de las víctimas que, aun hoy, esperan por la justicia demorada.

*Editor de La Mala Palabra.

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