“Raúl es Raúl; América Eco de sus truenos.”#CumbreDeLasAméricas

 Por Félix Edmundo Díaz @feddefe*

La pausa fugaz es secundada por el agradecimiento y se escuchan los aplausos y ovación de los que sienten en carne propia el sufrimiento ajeno, de esos que llevan a su paso la marca de “subversivo” porque el dinero y el interés no guían sus propósitos.

También aplaude el Señor de las guerras, en un gesto impulsado por la cortesía de la hipócrita diplomacia, a la vez que alguien murmura algo a su lado y los ojos de sus asesores y del propio señor recorren lentamente el plenario en la complicidad simulada de aparentar un respeto que no sienten, pero están obligados a observar por la autoridad del oponente, y para, además, ‘marcar’ a aquellos que, sin estar incluidos en la lista de la ‘siniestra’, aplauden por descuido con la euforia de un alma mutilada por el temor a las represalias.

Pero afuera, afuera del plenario es otra cosa. La explosión de aplausos y ovación se suma a una ola de admiración y optimismo de millones de personas de este hemisferio y allende sus latitudes, que comienzan a disfrutar el eco de los truenos, no los del presagio de la precipitación deseada, sino los ecos de los truenos de su voz, de la voz de Raúl, esos que iluminan el cielo de los desposeídos para grabar la esperanza, ese sueño de esperanza que por siglos les han escamoteado.

En el éxtasis, ellos se miran a sí mismos y a sus lados, y agradecen a los niños y los ancianos, a los jóvenes obligados a prostituirse o trabajar en condiciones de semiesclavitud, a los desempleados, a los hambrientos que exhiben su piel pegada a los huesos, a los enfermos de Cólera o Ébola, a los abandonados en la miseria, a los ignorantes, a los muertos, los mutilados y las víctimas de los desastres y las guerras, y estos en el asombro efímero, porque hasta el susto les robaron, se preguntan ¿por qué nos agradecen?, sin quizá imaginar que fueron sus dolores, sus hambres, sus letras nunca aprendidas, sus enfermedades y muertes,  las que alimentaron y mantuvieron viva la llama de rebeldía, la jurada fidelidad a los héroes de la patria americana, a los hermanos caídos y a su pueblo.

Entonces comenzarán a sucederse las bendiciones para Doña Lina y Don Ramón, las peticiones a Jesús, Alá, Ochún o Yemayá por la salud y la vida de los hijos de Doña Lina y Don Ramón, para que ellos duren, para que ellos sigan luchando, para que ellos sigan siendo Revolución, luz y esperanza.

Y, quizá, alguien en disfraz de revolucionario, ante el temor de la unidad, deslizará un sordo “… pero Fidel es Fidel” y, sin siquiera imaginarlo en toda su dimensión, tendrá razón, solo que ese sembrador de cizañas, en sus miedos, traiciones y vilezas, será incapaz de llegar a la indubitada conclusión de que las edades y apariencias físicas distintas nunca los hicieron diferentes, porque sencillamente nacieron de la misma simiente y se duelen igual por los pobres de esta Tierra.

Parece que quedan algunos que no han aprendido que: Raúl es Raúl, mientras, disfrutemos nosotros, los buenos, de los ecos de sus truenos.

*Editor de La Mala Palabra.

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